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EL BURGUÉS EMPÁTICO

miércoles, 16 de noviembre de 2016

Escritor y crítico literario

"¡Proletarios de todos los países, uníos!”. Con el anterior enunciado cerraban Marx y Engels el “Manifiesto Comunista”. El empleo de la segunda persona del plural parece marcar una diferencia entre un nosotros y un vosotros. Los primeros (los teóricos) apremiarían a los segundos (los proletarios) a una unión en aras de enfrentar una serie de penalidades que los oprimirían, y es que, continuando con Marx-Engels, históricamente el transcurrir de la sociedad humana se habría venido caracterizando por la lucha de clases, erigiéndose, en un momento dado, la burguesa modernidad sobre el feudalismo, heredando de dicho sistema “los antagonismos de clase”.

A lo largo de la historia, incluso antes del surgimiento del fenómeno conocido como Movimiento Obrero, siempre hubo gentes de los estratos más acomodados del “estatus quo” que fuere que deliberaron críticamente sobre ciertos estados de la cuestión y denunciaron el sufrimiento de determinadas capas de población. Esa actitud es un paso más allá de la mera piedad, propia esta de algunas personas portadoras de un cierto talante caritativo instaladas en determinados entornos de privilegio; sería más bien la manifestación de una empatía con los sectores desfavorecidos del orden social brotada a su vez de un espíritu rebelde, de un desacuerdo con lo que se contempla desde un mirador situado por encima de los grupos a los que se ofrece solidaridad intelectual.

La caridad se me antoja más propia de los ámbitos aristocrático y clerical; la solidaridad la hallo más burguesa y secular, aunque significativos elementos procedentes de la aristocracia, como Kropotkin, se hayan lanzado en uno u otro momento contra la realidad que los había hecho proceder de estratos favorecidos por la dinámica socio-histórica.

El prisma marxista con el que iniciábamos este escrito era moderno y se ha ido diluyendo de manera paulatina en una postmodernidad que en cierta medida lo desdibuja obligando a sus preservadores a resituarlo en sintonía con el nuevo paradigma. Cierto es que muchos de sus preceptos gozan aún de rabiosa vigencia, mas otros, al haber quedado desubicados, han requerido de nuevas perspectivas (que se han ido llevando a cabo desde múltiples espacios neomarxistas).

La opresión sigue vigente, pero en mucho más diversas direcciones; el “opio del pueblo” proviene multidireccionalmente de nuevas paganas teologías que han venido contribuyendo a apuntalar el triunfo de un capitalismo que definitivamente ha roto las reglas que lo auspiciaron en favor de un supuesto progreso general de la humanidad.

En todas las sociedades a lo largo de la historia han existido gentes diferenciadas del común, más prósperas, más cultas, más influyentes… a las cuales no llegaba a agradar que aquellos otros no considerados tan eminentes se pudiesen llegar a integrar en su círculo más próximo consiguiendo aproximarse a los privilegios privativos de su casta. Así las cosas, no es de extrañar que se hayan producido en momentos puntuales en todas las épocas rebeliones de grupúsculos de los estratos más bajos o desfavorecidos del escalafón.

Compendiando la deriva histórica de la humanidad podemos decir que una serie de minorías, en distintos tiempos y contextos, han vivido del mayor sacrificio de otros muchos apoyándose en unas u otras lógicas de dominación. Y casi siempre han existido rebeldes cuestionadores de las circunstancias imperantes, procedentes en muchos casos de la misma o similar extracción que los opresores, en lo que podemos calificar como conducta “empática” con los oprimidos. ¿Qué puede suscitar tales tomas de postura? Decíamos que un brote de solidaridad, afirmación que hemos de matizar ya que también cabe intuir algo de narcisismo en quienes se saben teóricos mesías libertadores del pueblo ultrajado. Quizá eso, la mezcla de un talante solidario (o receloso o intolerante con la injusticia) unido a un cierto rasgo narcisista, sea lo que incentiva al burgués a erigirse líder de los enfrentados a su clase de procedencia. Unamuno empleaba el término “intrahistoria” para referirse al contexto sobre el que se alza la historia con mayúsculas, esa en la que, con seguridad, quieren inscribir su nombre aquellos que vehiculan su talento a la lucha por la dignificación de los perdedores de la historia, esto es, los forjadores de la intrahistoria, esa que transcurre al margen de los haces lumínicos de la fama. Ya apuntaba Michels, cuando enunció su “ley de hierro de las oligarquías”, que “Los grandes precursores del socialismo político y representantes principales del socialismo filosófico, Saint-Simon, Fourirer y Owen; los fundadores del socialismo político, Louis Blanc, Blanqui y Lassalle; los padres del socialismo económico y científico, Marx, Engels y Rodbertus, todos fueron intelectuales burgueses. […]. Únicamente Proudhon, el obrero impresor, figura solitaria, alcanzó una posición de grandeza sobresaliente en este ámbito” (“Los partidos políticos 2”, Amorrortu, Buenos Aires, 1984, p. 37).

Ejemplos más contemporáneos los tenemos en España, verbigracia en la oposición al franquismo a partir de los años cincuenta. La mayoría de los intelectuales que conspiraban contra el régimen eran de extracción burguesa, la crítica e historiadora Shirley Mangini lo mostraría en su magnífico trabajo “Rojos y rebeldes. La cultura de la disidencia durante el franquismo” (Anthropos, 1987); expone cómo muchos de los intelectuales que colaboraban en aquella lucha más que proletarios eran en su mayor parte “compañeros de viaje” del PC que se acercaban a dicho partido por encarnar un símbolo de la lucha antifranquista.

Es entendible que nadie en su sano juicio, por mucho que se sensibilice con determinadas circunstancias sociales, quiera abdicar de su confort en aras de integrarse en una forma de vida más ardua. Nadie quiere ser obrero por mucho que desee a la clase obrera el más digno pasar. Es más, los miembros de las clases trabajadoras no quieren ser proletarios y, en la medida de sus posibilidades, los más, desarrollan patrones conductuales identificables con las clases burguesas consolidadas.

Aun así, es loable la labor de esta burguesía llamada progresista en lo que respecta a querer adecentar el panorama común. Desde posiciones más reaccionarias se les achaca una supuesta incoherencia entre su discurso y su “modus vivendi”, pero al menos ellos ponen el foco en ciertas lacras, enunciando y denunciando. Muchos podrían no hacerlo evitándose “dolores de cabeza”, pero son muchos los que no pueden evitar poner en evidencia en mayor o menor medida ciertos flancos injustos del mundo en que habitan pese a no tocarles muchas veces más que de soslayo el desamparo del otro.

Uno de esos “intelectuales progresistas” de extracción burguesa, Joaquín Sabina, se refería, en lógica similar a la antes traída en palabras de Michels, al caso del otrora alcalde de Madrid, Juan Barranco, hijo este de padre albañil, motivo por el que se le habría tratado de relegar en su partido, el PSOE (hoy considerado sin ambages partido de la izquierda burguesa): “Es alguien a quien maltrataron muchísimo porque, y ahí sí tenía razón Alfonso Guerra, no venía de las clases dirigentes” (Sabina, Joaquín-Menéndez Flores, Javier: “Sabina en carne viva”, Ediciones B, Barcelona, 2006, p. 185). Y continuaba: “las clases también existen en el interior del PSOE y en el interior de los partidos de izquierda. Y tanto Alfonso Guerra como Juanito Barranco han sido vistos siempre con mucho recelo porque no son abogados, porque no son ‘hijos de’” (“Ibíd.”, pp. 186-187). Al tiempo que decía lo anterior, continuaba afirmando lo siguiente Sabina: “me hace disfrutar muchísimo ver […] que estoy en sitios donde nunca me consideré invitado. Esto alimenta mi narcisismo de impostor y me gusta mucho” (“Ibíd.”, p. 187). Como Sabina, otros “intelectuales burgueses de la izquierda” se postulan como reivindicadores de un orden más equitativo adoptando el papel de faros que aportan luz orientadora al pueblo oprimido y hundido en las tinieblas, por resultar estimulante para sus egos, sin por ello abdicar de los privilegios que comportan su lugar en la sociedad. Pero lo cierto es que en la actualidad ha incrementado ostensiblemente el número de personas formadas que coadyuvan a aportar interesantes contribuciones en todos los órdenes, replegándose los antes situados para no perder su espacio de influencia, en lo que vendría a ser algo semejante a lo apuntado por Sabina.

Ante el incremento en la capacitación técnico-intelectual del ciudadano medio, empiezan a ser muchos los que entrevén una conspiración a escalas muy relevantes de poder mundial para terminar con un Estado del Bienestar que ha aupado a ciertas instancias de dignidad e instrucción a quien nunca se hubieran imaginado accediendo a tales cotas de prosperidad. El sistema mundial no parece estar ideado para ello, o no se quiere que lo esté desde determinados círculos de poder.

También se dan los casos de aquellos intelectuales pequeñoburgueses en otro tiempo solidarios con el vulgo que han evolucionado hacia posturas más conservadoras movidos por el ingente éxito crematístico, por el desengaño, o por cualquier otra circunstancia.

En cualquier caso, el contexto en que hoy nos movemos parece irreversiblemente capitalista porque no existe una conciencia proletaria y si se da es porque no queda más remedio, quedando tal condición abandonada, sin el menor atisbo de nostalgia por parte de quien hace defección, en cuanto surge la posibilidad, permaneciendo la controversia en el terreno de la pose fundamentalmente. O quizá lo que requiera el actual momento no sea la rebelión sustentada en la proletaria fraternidad sino otro tipo de tomas de conciencia, fundadas sobre nuevos lazos de solidaridad o fecundadas en otros ideogramas epistemológicos.

De cualquiera de las maneras, lo que parece incuestionable es que no hay un orgullo de clase obrera, sino la resignación de no poder ser otra cosa, pues todos hoy quieren ser burgueses, bien para renegar de la clase de procedencia, bien para adoptar una pose condescendiente hacia los que no han tenido la suerte del que ha ascendido en la escala social.

La voz poética de la canción “Los seres únicos” del grupo “indie” Love of Lesbian afirmaba pensar a veces que en el mundo real existen tres bandos: los que viven, los que lo intentan y los que solo sueñan. Los que viven podrían ser las clases descollantes; los que lo intentan, las clases trabajadoras, y los que solo sueñan, bien la ingente porción de las segundas que aspiran a integrarse en las primeras y la no tan ingente porción de las primeras que se solidariza, siquiera intelectualmente, con las segundas.


 
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