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Todas las voces de La Celestina

viernes, 29 de abril de 2016







El profesor y crítico Raúl Galache reseña la magnífica disección teatral que José Luis Gómez a su vez lleva a cabo del clásico “La Celestina” en La Abadía dentro del ciclo de la Compañía Nacional de Teatro Clásico.




Crítica teatral

Todas las voces de La Celestina

Celestina
Fernando de Rojas
Dirección: José Luis Gómez
Coproducción de la Compañía Nacional de Teatro Clásico y Teatro de La Abadía

Como la buena música, un buen espectáculo teatral entra en el espectador para quedarse; deja su huella en algún lugar entre la memoria, la inteligencia y la sensibilidad. Así sucede con esta Celestina de José Luis Gómez, una coproducción de la CNTC y el Teatro de La Abadía.

La Celestina es un clásico –atemporal, pues- cuya gestación está fuertemente enraizada en sus circunstancias de creación. Precisamente uno de los aciertos del montaje es mostrar esa dualidad. Así, el escenario se presenta con pasarelas colocadas a distintas alturas que crean estrechos pasillos. Lo que una veces es muro y otras torre o balcón se convierte en buena parte de la obra en las callejas de una ciudad española de finales del siglo XV. Por ella pululan sombras encapuchadas de clérigos, mendigos, rufianes y curiosos, un mundo en continua observación, en escucha incansable, atento siempre a los posibles traspiés de los conversos o a la delación de las brujas. El espacio escénico es seco, metálico y negro, versátil y evocador, muy al estilo de La Abadía, con algunas tripas al aire (focos, cables, tubos), un uso frecuente de poleas y gusto por el simbolismo. Contrasta y desentona con el negro predominante un suelo de madera barnizada, con trampillas que facilitan espacios, entradas y salidas; se dispone en un plano inclinado hacia el espectador, como si la caída amenazara de continuo a los personajes. En consonancia con la escenografía, la iluminación apoya o resalta elementos, crea ambientes o lugares y marca tránsitos temporales eficazmente. Van encajando así las piezas de este montaje, donde juega un papel relevante el espacio sonoro. Ruidos extraños e inquietantes aparecen de cuando en cuando. A menudo parecen subrayar las muchas blasfemias de los personajes, otras tienen un cierto eco de augurio o de premonición. En todo caso, es un recurso de fuerte valor expresivo que no pasa inadvertido a quien le busca un sentido, pero que no impide que la trama se complique y desenvuelva. Gusta el vestuario, que combina elementos de la época con otros actuales, en una extraña mezcla que resulta original, coherente y de buen gusto. Todos los elementos no verbales, en suma, lanzan mensajes al espectador de un modo u otro: desde los meramente narrativos a los que precisan de interpretación.

Y es que es mucho lo que se busca decir, como si se quisiera dejar tan satisfecho al catedrático como al muchacho de la ESO. Todo un acierto el lograrlo, si bien, en ocasiones, la intelectualización resta intensidad a unos hechos, los de esta tragicomedia, brutales y conmovedores. Del mismo modo, hay ciertos excesos que desentonan como piezas mal cortadas de un puzle. Es el caso de algunos subrayados con demasiado protagonismo (una tela negra con la estrella de David entre llamas cuelga unos minutos y luego desaparece); o del muñeco que hace las veces de Calisto, que queda suspendido durante veinte minutos; o de la hilaridad que despierta en el público la muerte de Celestina; o la entrega de Melibea a Calisto, que más parece una violación que un acto de amor, que sí es para ella. Ahora bien, el espectador no olvidará el vuelo final de la amada, una de esas imágenes sencillas y poéticas que erizan la piel y el alma.

Sea como fuere, el teatro, al fin y al cabo, es texto y actores. Precisamente, el paso de la palabra escrita a la dicha es digno de análisis profundo. Se percibe un trabajo prosódico admirable. Y es que se tiende a pensar que solo el verso requiere ritmo, y no es así. La prosa tiene su propia cadencia, más aún la de Rojas, que combina períodos largos y elevados con réplicas breves y populares. Se aprecia delicadeza no solo en la dicción, sino también en el ritmo de las oraciones, en la melodía de la sintaxis. Hay detrás de la aparente naturalidad un cuidado tan sutil como el que requiere el verso clásico; y la prosa es aun más difícil, pues ha de conocerse profundamente la lengua para oírla tan certeramente. El mismo conocimiento vemos en la dramaturgia, trabajo de Brenda Escobedo y del propio director, que prescinde del tratado de Centurio y deja a Celestina ocupar el centro de la trama.

Sabiamente dirigidos, los actores dejan hablar a sus personajes como quienes son. No se busca la originalidad estéril que otras veces estropea un clásico, sino destacar la motivación principal de cada uno de ellos: la lujuria de Calisto, el amor de Melibea, la avaricia de Celestina o la deslealtad de Sempronio. Ninguno brilla; más bien, todos alumbran.

En fin, José Luis Gómez ha buscado un montaje donde todas las voces de La Celestina encuentren su espacio: la de un autor que busca la reprensión moral, la de unos personajes que no se creen tal mensaje, los rumores de las gentes del siglo XV y hasta las interpretaciones de la crítica. Nada se le dice al espectador, pero todo se le sugiere.

Al final, lo que nos queda es salir del teatro y seguir gozando de la vida en este valle de lágrimas. 


 
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